Índice
- INFORME SOBRE EL ESTADO DE LA SOCIEDAD CIVIL 2026
- PANORAMA: RESISTENCIA A CONTRACORRIENTE +
- DEMOCRACIA: UNA ASPIRACIÓN PERENNE +
- TECNOLOGÍA: INNOVACIÓN SIN RENDICIÓN DE CUENTAS +
- GOBERNANZA GLOBAL: LA REALPOLITIK CONTRA LAS NORMAS INTERNACIONALES +
- CONFLICTO: IMPUNIDAD DESENFRENADA +
- CLIMA: ENTRE EL COLAPSO Y LA TRANSFORMACIÓN +
- MIGRACIÓN: LA CRUELDAD COMO POLÍTICA +
- LUCHAS DE GÉNERO: REACCIÓN Y RESISTENCIA +
- LA GENERACIÓN Z: LA NUEVA RESISTENCIA +
- AGRADECIMIENTOS +
- Descargar el informe +
- La juventud se encuentra a la cabeza de una nueva oleada de resistencia de la sociedad civil contra la irresponsabilidad del poder político y económico. La falta de oportunidades, la indignación popular ante las dificultades económicas, y la corrupción y la desconexión de la realidad de las élites han sido los factores desencadenantes de las protestas. Entre los detonantes más recientes se encuentran los cortes de agua y luz en Madagascar, la prohibición de las redes sociales en Nepal y los proyectos inútiles para el control de las inundaciones en Filipinas.
- Los manifestantes de la generación Z están demostrando una resiliencia y una innovación extraordinarias en el marco de sus movilizaciones. Han adoptado modelos de organización descentralizados que favorecen los liderazgos colectivos, han utilizado las redes sociales de forma estratégica y han difundido por todo el mundo tácticas para lograr victorias tangibles. En Bulgaria, Madagascar y Nepal los gobiernos acabaron dimitiendo, mientras que en Indonesia y Timor Oriental tuvieron que abandonar políticas impopulares.
- Frente a las protestas lideradas por la generación Z, los Estados han respondido mayoritariamente de forma violenta. Las autoridades han recurrido a la fuerza letal, palizas, detenciones masivas y torturas. Sin embargo, en ocasiones, la represión ha resultado contraproducente y ha acabado intensificando los movimientos en lugar de erradicarlos, como sucedió en Indonesia, Madagascar y Nepal.
La generación Z ha protagonizado protestas multitudinarias en numerosos países. Cabe destacar que no es la primera vez que la juventud sale a las calles, y que las manifestaciones lideradas por la Generación Z no son las únicas movilizaciones masivas de estos tiempos, tal y como demostraron las recientes protestas contra la corrupción en Angola, contra la violencia del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos, y contra el régimen teocrático de Irán, que contó con una fuerte participación de la generación Z dentro de un movimiento amplio. No obstante, la resistencia de la Generación Z frente a la irresponsabilidad del poder político y económico presenta sorprendentes similitudes en países muy diferentes, evidencia de que estamos ante una nueva generación que está definiendo una identidad política propia.
Recientemente las protestas lideradas por la generación Z se han extendido por numerosos países, entre ellos Bulgaria, Filipinas, Grecia, India, Indonesia, Macedonia del Norte, Madagascar, Marruecos, Nepal, Perú, Serbia, Tanzania, Timor Oriental, Togo y Turquía.
La indignación que la generación Z ha ido acumulando con el tiempo a menudo ha desembocado en protestas cuando los gobiernos han impuesto nuevas políticas que perjudican a las personas jóvenes o que han evidenciado su desconexión con la realidad. Por ejemplo, en Nepal las manifestaciones estuvieron motivadas por la prohibición de veintiséis redes sociales por parte del gobierno, aparentemente porque la juventud utilizaba estos espacios para burlarse del lujoso estilo de vida de los hijos de los políticos. En Bulgaria, las preocupaciones por la toma de decisiones antidemocrática por parte del gobierno se hicieron patentes cuando este intentó aprobar un presupuesto que incluía una subida de impuestos y un aumento de las cotizaciones a la Seguridad Social. En Perú, el Congreso aprobó una reforma del sistema de pensiones que establece la obligación de cotizar a partir de los dieciocho años. En Indonesia y Timor Oriental, los políticos aprobaron generosas prestaciones para sí mismos: en el primero, aumentaron sus dietas y, en el segundo, se autoasignaron vehículos de lujo.

Jóvenes manifestantes marchan frente al Parlamento para exigir el levantamiento de la prohibición de las redes sociales y el fin de la corrupción en Katmandú, Nepal, el 8 de septiembre de 2025. Foto de Prabin Ranabhat/AFP
Las catástrofes que ponen de manifiesto la corrupción sistémica pueden actuar como un detonante. En Filipinas, las fuertes tormentas revelaron la inutilidad de muchos proyectos para evitar las inundaciones, a pesar de las enormes sumas que presuntamente se habían gastado en ellos. En Serbia, el derrumbe de la marquesina de una estación de tren en noviembre de 2024, que costó la vida a dieciséis personas, desencadenó una ola de indignación incesante contra la corrupción. En Macedonia del Norte fue la muerte de 59 jóvenes en el incendio de una discoteca. En Marruecos, las deficiencias de los servicios esenciales quedaron al descubierto cuando ocho mujeres murieron durante el parto en el mismo hospital en menos de tres semanas, mientras se destinaban cuantiosos recursos a un nuevo estadio para la Copa del Mundo. En Madagascar, las protestas estallaron cuando los cortes de electricidad y agua se volvieron insoportables.
En algunos países, las protestas sirvieron para expresar reivindicaciones democráticas fundamentales que habían sido ignoradas por los detentadores del poder. En Tanzania las movilizaciones estuvieron motivadas por el carácter claramente antidemocrático de las elecciones; en Togo, por las maniobras para prolongar un régimen dinástico, y en Turquía, por la detención del alcalde de Estambul y principal candidato presidencial de la oposición.

Jóvenes tanzanos residentes en Sudáfrica denuncian los resultados electorales de Tanzania en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, el 5 de noviembre de 2025. Foto de Rodger Bosch/AFP
A pesar de la diversidad de los contextos, los detonantes de las protestas compartían características comunes. Muchos de los países en los que la población se ha movilizado cuentan con una numerosa población joven a la que sus economías les están fallando. Si bien las personas jóvenes gozan de un buen nivel educativo, se enfrentan a un alto desempleo, al creciente coste de los productos básicos y a un mayor deterioro de los servicios públicos. Además, la desigualdad económica está aumentando y las perspectivas de movilidad social se han desvanecido.
Las élites económicas y políticas están entrelazadas y muchos jóvenes están enfadados con los políticos, a los que ven como personas interesadas y desconectadas de la realidad, así como con el alarde de riqueza de las élites y la gran visibilidad de la corrupción. En diversos países, incluidos varios del continente africano, la brecha generacional entre los liderazgos nacionales y la generación Z ha exacerbado esta desconexión.
Numerosos movimientos liderados por la generación Z están reivindicando medidas económicas populistas y redistributivas, intentando limitar la riqueza de las élites, pidiendo inversiones generadoras de empleo y reclamando el fin de la corrupción y más gasto en educación y sanidad.
Los manifestantes de la generación Z están mostrando una resiliencia extraordinaria. En Serbia, los manifestantes llevan más de un año protestando, creando nuevas formas de trabajo y facilitando el desarrollo de competencias para la participación y la organización que podrían servir de base para toda una vida de activismo. En Grecia, el movimiento surgido tras un accidente ferroviario en el que murieron 57 personas en 2023 siguió movilizándose y volvió a salir a las calles en 2025 con motivo del aniversario de la tragedia.
La democracia directa ha sido un principio rector en Serbia, donde la generación Z organizó asambleas estudiantiles abiertas, a las que siguieron asambleas ciudadanas en ciudades y pueblos. En Marruecos, el movimiento Gen Z 212 ha adoptado deliberadamente una estructura horizontal y descentralizada. No obstante, esto no significa que los movimientos carezcan de líderes; al contrario, tienen muchos.
Las redes sociales desempeñan un papel fundamental en la comunicación, la coordinación y la toma de decisiones de los movimientos liderados por la generación Z, y las redes privadas virtuales y las plataformas menos conocidas les permiten sortear las restricciones. La aplicación Discord, originalmente destinada a jugadores de videojuegos, se convirtió en una herramienta clave en Nepal y más tarde fue adoptada por movimientos de Madagascar y Marruecos. A pesar de que Discord no es inmune a los discursos de odio y a otros problemas que afectan a las redes sociales, ofrece cierto anonimato, no está asociada a oligarcas tecnológicos de derechas y suele estar sometida a menos restricciones gubernamentales. En Filipinas, Reddit fue una plataforma crucial para denunciar el estilo de vida de las élites corruptas. Si bien la generación Z no tiene intención de abandonar las redes sociales, los activistas aplican criterios estratégicos para decidir qué plataformas utilizar y cómo.

Jóvenes manifestantes exigen reformas de la salud y la educación frente al edificio del parlamento en Rabat, Marruecos, el 18 de octubre de 2025. Foto de Abdel Majid Bziouat/AFP
En Nepal, tras la huida del primer ministro, el movimiento utilizó Discord para llevar a cabo un ejercicio democrático sin precedentes: diez mil habitantes, incluidos miembros de la diáspora, utilizaron la plataforma para debatir y elegir a un candidato para ocupar el puesto de primer ministro interino, que finalmente asumió el cargo. En Marruecos, el movimiento de la generación Z utilizó Discord para votar sus próximas acciones, produjo podcasts diarios y celebró reuniones abiertas que publicó en YouTube con el fin de concienciar sobre los derechos de protesta y las estrategias no violentas. Además, la democracia digital del movimiento hizo posible que las mujeres jóvenes ejercieran roles de liderazgo.
Gracias a la tecnología es posible difundir rápidamente la inspiración a través de todo el mundo. Las redes sociales cobraron protagonismo por primera vez en un contexto de protestas durante las revueltas de la Primavera Árabe de 2011. La existencia de un idioma común y de regímenes políticos relativamente similares favoreció las conexiones entre Medio Oriente y el norte de África. En la actualidad, se están creando vínculos internacionales entre movimientos que se comunican en diferentes idiomas en contextos diversos, en los que los videos y la traducción mediante inteligencia artificial son factores cruciales.
Movimientos de todo el mundo reconocen abiertamente haberse inspirado en Nepal y en movilizaciones anteriores a las suyas. En Madagascar, los manifestantes se unieron a comunidades Discord de Nepal para informarse sobre sus tácticas y las dificultades a las que se enfrentaron. Estos movimientos comparten algunos símbolos, en particular la bandera con una calavera con sombrero de paja del manga One Piece, que se popularizó durante las protestas de Nepal y en otras posteriores.
Las acciones de la generación Z tienen un estilo propio e inconfundible, basado en el uso creativo de memes y burlas, así como en actos simbólicos y llamativos. En Serbia, los manifestantes hicieron una carrera de postas hasta Bruselas y fueron en bicicleta a Estrasburgo para pedir a la Unión Europea que prestara atención a su situación, y organizaron una marcha simbólica de dieciséis días, uno por cada persona fallecida en la tragedia de la estación de trenes.
Los movimientos de protesta liderados por la generación Z surgen en gran medida al margen de las estructuras existentes y, en algunos casos, se resisten a los intentos de instrumentalización por parte de los partidos de la oposición. A menudo recaban apoyos provenientes de todo el espectro político y logran trascender las divisiones étnicas, de género y de clase social, como sucedió en Macedonia del Norte. Algunos empiezan a incorporar otros actores, más allá de la generación Z, como ocurrió en Filipinas, donde grupos religiosos, agricultores, personal sanitario y el profesorado marcharon junto a los y las jóvenes manifestantes.
Los grupos de la sociedad civil ya establecidos pueden brindarles su apoyo. En Serbia, el movimiento creó sus propias estructuras y se apoyó en las contribuciones voluntarias, incluidas las donaciones de alimentos, y también encontró aliados entre grupos ya existentes que le prestaron ayuda con la logística y ofrecieron asistencia a las personas detenidas. En Indonesia, los grupos de la sociedad civil ya establecidos proporcionaron apoyo jurídico a los manifestantes detenidos, pusieron en marcha una iniciativa para investigar los actos violentos ocurridos durante las protestas y ayudaron a elaborar una lista pública de reivindicaciones. En Marruecos, estos grupos documentaron las violaciones de los derechos de protesta. Estas colaboraciones intergeneracionales muestran el potencial de los actores de la sociedad civil, tanto emergentes como ya establecidos, para trabajar conjuntamente y aprender los unos de los otros.
En algunos casos, las protestas han conseguido resultados de inmediato. En Indonesia, el Parlamento retiró las nuevas prestaciones y entabló un diálogo con los líderes estudiantiles, mientras que los partidos destituyeron a varios políticos señalados por los manifestantes. En Marruecos, el gobierno acordó aumentar el presupuesto destinado a educación y sanidad. En Timor Oriental, el gobierno suprimió la asignación de vehículos oficiales a los parlamentarios y abolió las pensiones vitalicias para exdirigentes políticos, una demanda de larga data del activismo.
A menudo, las concesiones iniciales no satisficieron a los manifestantes. En Nepal, la revocación de la prohibición de las redes sociales por parte del gobierno no fue suficiente: las protestas continuaron hasta que el primer ministro presentó su dimisión y huyó del país. En Madagascar, pese a que el presidente Andry Rajoelina cedió en repetidas ocasiones, destituyó al gobierno y llamó a un diálogo nacional, los manifestantes siguieron protestando hasta que el ejército cambió de bando y lo obligó a dimitir. En Bulgaria, el gobierno retiró su proyecto de presupuesto del Estado; sin embargo, decenas de miles de personas siguieron protestando hasta que el gobierno dimitió.

La madre de un manifestante asesinado sostiene un retrato de su hijo en una manifestación de sociedad civil en Antananarivo, Madagascar, el 13 de octubre de 2025. Foto de Luis Tato/AFP
En muchos casos, los gobiernos autoritarios se negaron a ceder ante cualquier demanda. En casi todos los países, con independencia de si los gobiernos claudicaron o no, el Estado a menudo recurrió a la violencia. En Tanzania, la policía disparó munición real contra las multitudes que protestaban contra unas elecciones claramente antidemocráticas, y acabó con la vida de cientos de personas, mientras que varios centenares fueron acusadas de traición. En Togo, las fuerzas de seguridad mataron al menos a siete personas durante las protestas. En Turquía, la policía respondió a las protestas con detenciones masivas, palizas, disparos a corta distancia, espráis de pimienta y gases lacrimógenos.
La violencia estatal pone de manifiesto la amenaza que suponen las protestas lideradas por la generación Z para el poder económico y político establecido. De hecho, esta respuesta tiende a ser más virulenta cuando los manifestantes exigen democracia y, por lo tanto, una redistribución sustancial del poder. En Madagascar, antes de negarse a disparar contra los manifestantes y de cambiar de bando, las fuerzas de seguridad emplearon munición real, desatando así una espiral de violencia que acabó con la vida de al menos veintidós personas. En Nepal, la policía utilizó munición militar y disparó a los manifestantes en la cabeza cuando estos irrumpieron en el complejo parlamentario. Como suele ocurrir, las respuestas letales no lograron sofocar las protestas, sino que consiguieron que más personas se sumaran a ellas, ya que sentían que el futuro de su país estaba en juego.
La violencia estatal es la norma incluso cuando las demandas de las protestas son más limitadas. En Indonesia, las autoridades desplegaron fuerzas militares cuando la policía perdió el control en medio de la espiral de violencia que se desató tras la muerte de un joven que fue atropellado por un vehículo blindado. En Timor Oriental, la policía disparó contra los manifestantes, y en Marruecos la violencia policial provocó numerosos heridos. En Perú, la policía utilizó drones, láseres y gases lacrimógenos. En Serbia, desplegó un arma sónica, y en Filipinas golpeó, humilló y torturó psicológicamente a los manifestantes detenidos.
El contexto y la historia invitan a la cautela. En Kenia, durante las protestas lideradas por la generación Z a raíz de una subida de impuestos, el Estado recurrió a la violencia letal cuando los manifestantes comenzaron a exigir reformas políticas más profundas. Estas protestas inspiraron otras en Ghana, Nigeria y Uganda, que sufrieron el mismo trato, al igual que otras movilizaciones lideradas por la generación Z contra la brutalidad policial en Kenia en 2025. Protestar tiene un alto coste y no parece razonable esperar que la juventud siga pagándolo.

Manifestantes en reclamo de justicia por el joven líder opositor asesinado Sharif Osman Hadi en la mezquita nacional Baitul Mukarram en Daca, Bangladesh, el 19 de diciembre de 2025. Foto de Abdul Goni / AFP
La indignación de la generación Z no se limita a los países donde han estallado protestas. La juventud expresa su frustración allí donde la economía y la política le fallan. Sin embargo, la indignación no desemboca automáticamente en reivindicaciones progresistas. En varios países europeos, entre ellos Alemania, Polonia y Rumania, muchos jóvenes han votado recientemente por políticos populistas y nacionalistas de derechas que se posicionan contra las élites y apelan a los anhelos de algún tipo de cambio. El desafío para los movimientos progresistas consiste en canalizar la indignación hacia alternativas que respeten los derechos humanos, favorezcan la justicia social y contribuyan a la lucha contra las élites, en lugar de contra objetivos como las personas migrantes y el colectivo LGBTQI+.
Los movimientos que tienen éxito se enfrentan a un desafío adicional: mantener el impulso cuando surgen oportunidades, pero los rivales políticos se disputan el poder. La experiencia de Bangladesh, donde un movimiento liderado por la generación Z derrocó a un gobierno autoritario en 2024, demuestra que los cambios significativos requieren tiempo. El partido que se formó a partir del movimiento de protesta solo obtuvo un puñado de escaños en las elecciones de febrero de 2026. El estancamiento económico y las leyes represivas a menudo sobreviven a los gobiernos en que se originaron.
No obstante, la indignación de la generación Z no va a desvanecerse. En 80 países, la edad media es inferior a treinta años. Las protestas no cesarán mientras los gobiernos no consigan aportar una respuesta eficaz a los agravios políticos y económicos subyacentes.
El desafío al que se enfrentan los grupos de la sociedad civil ya establecidos consiste en ofrecer apoyo a la resistencia liderada por la generación Z, respetando al mismo tiempo la autonomía y el derecho a la autoorganización de los activistas emergentes. Por su parte, los gobiernos tendrán que aprender a escuchar, comprometerse con un cambio real y, sobre todo, respetar el derecho a la protesta, en lugar de emplear la violencia contra la disidencia.